
mi Señor ha regalado al objeto los mejores momentos de su existencia, así como algunos regalos más. uno de ellas es la castidad, el no tener que preocuparse del sexo nunca más. castrar al objeto ha significado eliminar de la ecuación una de las variables que más afectan al comportamiento humano, alejándolo de él. otro regalo ha sido el silencio. los humanos luchan constantemente por hacerse oir, por imponer su voz sobre la de los demás. el silencio te saca de esa lucha, donde no puedes perder porque tampoco puedes ganar. otro regalo ha sido la sumisión, la obediencia ciega de forma que mi Señor decida todo lo que hay que decidir. sin derechos y sin libertad el objeto no puede equivocarse. y por último pero no menos importante, mi Señor le ha quitado al objeto todas las posesiones. ahora el dinero que gana el objeto es de mi Señor, que dispone de él como le plazca, al igual que el objeto tiene que poner bajo sus botas para comprar un libro o ponerle gasolina al coche. al final el objeto ha quedado reducido a la imagen de hoy, a un mero objeto sin nombre, sin derechos, sin propiedades y sin capacidad de movimientos. no tiene opinión. no tiene voz ni sexo, ni rostro siquiera. para el resto del mundo sigue siendo alguien funcional. sin embargo mi Señor y el objeto saben la verdad, la más profunda e íntima verdad.

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