
en toda sesión de bondage, al menos en las serias, existe un momento en que te das cuenta de que no hay marcha atrás, de que has cruzado una línea de la que no podrás salir por ti mismo. caes en la cuenta de que dependes del Amo para liberarte. bien sea con cuerdas, esposas, cadenas o con artilugios como el de la imagen, ese momento es un punto álgido de cualquier sesión de bondage. de hecho es lo que da sentido a todo lo demás. es lo que has pedido, lo que has negociado, incluso lo que has suplicado que suceda. quieres estar así y tu cuerpo reacciona incontrolablemente, con excitación, con emoción, con alteración de la respiración. sin embargo sabes que si el Amo desaparece o le ocurriera algo, estarías en un apuro muy serio, extremadamente serio. ese subidón de adrenalina, ese pico de excitación, puede llegar a hacerte temblar de miedo. pero no es un miedo desagradable o malo, es más parecido al de aquellos adictos a las películas de terror, o a las montañas rusas. es el miedo del peligro y de la dependencia, de que ahora todo está en manos de otro.

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