
para el mundo vanilla debe ser extraño, incluso siniestro, ver una escena así. lo que parece una persona está encadenada y con una capucha de cuero que le cubre el rostro, mientras es acariciado por otra persona vestida de cuero, enguantada y con una especie de suspensorio con puas. el objeto puede llegar a entender su extrañeza. pero todo surge de una confusión: el considerar al encapuchado como si fuera una persona al mismo nivel que el otro que tiene la gorra. nosotros sabemos que no es así, que hay una diferencia fundamental entre ambos, una desigualdad radical, que ha sido aceptada por los dos y que está determinando el tipo de relación que están manteniendo. toda esa información se le escapa al observador vanilla. y así pueden emitir juicios a la ligera, sin darse cuenta de que están equivocados. también puede el objeto llegar a imaginar que esa caricia les debe extrañar sobremanera, porque no se corresponde con la idea que se han montado sobre lo que aquí está ocurriendo. no participar de nuestro código los hace errar, no querer aprender los hace ignorantes, juzgarnos los hace estúpidos.

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