
si imaginamos la sumisión como un pozo o como una cuesta por la que te deslizas, uno puede llegar a pensar que no tiene fondo o final, y de hecho no la tiene. nunca se llega a lo más bajo porque cuando parece que has llegado te sorprendes comprobando que no, que tu Amo puede humillarte aún más, someterte aún más, controlarte aún más. el objeto intuye que esto es por la vida misma. el tiempo pasa y las circunstancias son diferentes y cuando cumples un objetivo o llegas a una meta, descubres que siempre hay una etapa más. en un punto de este deslizamiento, o abajamiento, te das cuenta de que lo de ser humano ya no es suficiente y necesitas despersonalizarte, deshumanizarte. realmente el objeto no sabe si te das cuenta tú o tu Amo es quien te lo pone delante, pero ocurre. es el momento en el que tu autoconcepto ya no se corresponde con el autoconcepto de un ser humano que tienen la sociedad. puede ser cuando te ponen la primera jaula de castidad, o cuando la llevas puesta un mes. puede ser cuando te arrodillas en público por primera vez o cuando te dan el azote número 50. el desencadenante es lo de menos. lo que ocurre es que en ese momento, te das cuenta de que un ser humano no haría eso. entonces tu velocidad de descenso aumenta, hasta casi caer en caída libre, aunque nunca llegues al fondo.

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